SOPORÍFERA DISERTACIÓN SOBRE MI IDENTIDAD, QUE DIFÍCILMENTE LOGRARÁ DISTRAER A NADIE DE LA VERGONZOSA Y EGOCÉNTRICA PUBLICIDAD SUBLIMINAL PRETENDIDA

Mi nombre siempre ha sido un jaleo. Por alguna causa que se me escapa, pero de cuya consecuencia podrá dar fe cualquiera de mis tocayos, a los Ricardos nos cambian a menudo el nombre por Roberto y, sobre todo, por Rodrigo. Podrá decirse que es por la coincidencia entre iniciales, pero la explicación se evidencia insuficiente al no repetirse el fenómeno entre Javieres y Juanes, o entre Pablos y Pedros. En menor medida, pero también con cierta frecuencia, nos llaman Enrique o Gerardo (también en estos casos he podido constatar que nos ocurre a casi todos los co-nominados).
Por otro lado, mi manía (confesada aquí) por reducir mi Gómez a “G.” lleva a dos consecuencias: Muchos convierten esa letra en García (si busco en mi Outlook “Ricardo García” aparecen decenas de resultados), algunos en González, y otros (diría que la mayoría) sencillamente la omiten o la olvidan, convirtiéndome en Ricardo Cabaleiro, lo cual he de decir que es para mí un honor al ser ése el nombre de mis queridos abuelo (QEPD) y tío/padrino.
Por último está mi segundo apellido, Cabaleiro. La mayoría de las veces la gente lo escribe con uve: Cavaleiro. El hecho es que ese apellido existe y abunda en los países lusoparlantes, pero mi Cabaleiro proviene del gallego. Supongo que también influye la familiaridad con la escritura de “Cava” y de “Cavalieri”, ambos con uve. Otros lo funden con “caballero” dando lugar a “Caballeiro” o “Cavalleiro”, y muchos directamente lo sustituyen por esa forma (Caballero).
Así, con cinco variables sobre el nombre de pila, cuatro sobre el primer apellido (incluida la omisión) y cinco sobre el segundo, mi identidad se mueve entre exactamente cien combinaciones posibles, de las cuales seis o siete me resultan absolutamente familiares. Es por ello que estoy bastante acostumbrado a tener que corregir facturas, documentos administrativos, escritos judiciales, listados y citas. La última vez fue días después de que terminara el plazo que me había dado Tirant lo Blanch para enviar las segundas correcciones de la monografía sobre Propiedad Intelectual* de la que soy coautor, al percatarme de que tanto en la portada como en la página de créditos como en los encabezados de página había un error. Por suerte, la advertencia fue extemporáneamente acogida y se llevó a cabo la modificación in extremis, de modo que el libro me llama por mi nombre y evita toda confusión.
[* Un libro muy práctico que aborda toda la propiedad intelectual e incluye doctrina, jurisprudencia, esquemas y más de un centenar de modelos de contrato y formularios. VV.AA. Propiedad Intelectual. Valencia: Tirant lo Blanch, 2009. 967 págs. ISBN 13-9788498764505]
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Al leer esto tenía intención de quitarte el complejo y relativizar tu problema nominal. Patrick Lehmann habla por sí sólo, y no es necesario que explique las dificultades que me ha supuesto llamarme así. Sin ir más lejos hoy mismo se me olvidaron las llaves del despacho en el que trabajo, y al volver depués de trabajar he tenido que llamar al telefonillo para que me abriesen. “¿sí?” contesta la secretaria - “Patrick” digo yo -”¿Qué?” contesta ella, desconcertada (nótese que preguntó “qué” y no “quien”) -”Patrick” insisto yo con mi mejor pronunciación -”bzzzzz” suena el telefonillo. Me abrió por no prolongar la conversación, no porque entendiese nada de lo que decía, y eso que sabe hasta donde vivo. En fin….
Pues mira, al final lo he hecho, he relativizado tu problema
Lo que pretendía, sin embargo, era usar el caso de otra persona, Antonio Bandín, cuyo nombre no es en exceso complicado, pero recibió un factura a nombre de “Antonio Gilipollas Caraculo”. Así. Tal cual.
http://www.20minutos.es/noticia/317767/0/factura/gilipollas/caraculo/
Hala, para que no te quejes tanto!
Excelente forma de promocionar el libro. Además, me he visto muy reflejado en ese comentario; no por el nombre, sino por la frecuente omisión de mi segundo apellido (la F de Fernández) al citarme. Omisión que, por cierto, temo haber provocado yo mismo al olvidar poner la F a la hora de contrar el dominio de mi blog…
Así, si cada cual escribe nuestros nombres como quiere (empezando por nosotros mismos) es imposible posicionarse en internet!!
XDDD
PD: Me estoy pensando muy seriamente comprar tu libro.
Si te sirve de consuelo, te diré que a las “Verónicas”, o por lo menos a la que suscribe, nos llaman habitualmente “Virginia” o “Vanesa”. Y no hablo del primer desconocido que me pasa una factura, sino de gente muy cercana con la que me cruzo cada mañana en los pasillos de la oficina…
Y hasta “Begoña” y “Belén”!! lo que me mosquea aun más… acaso, en su cabecita, es mi nombre “Berónica”??
¡Me parto con tu imaginación! En Asturias compraremos tu libro…basta decirle a la librería que el coautor es un tal Reinardo Colmeneiro….
¡Enhorabuena!
Muy conmovido por el problema con los nombres. Si el libro está escrito con ese gracejo, merecerá la pena leerlo.
Desafortunadamente no soy del gremio y -solucionadas anoche ciertas dudas sobre derechos de autor/publicación de unas notas a programa- me pilla el tema algo lejos.
Avisa cuando salga la novela -o película- con la historia del post anterior (sugiero el título “Don Erre que erre Reloaded”).
Encantado de conoceros y hasta pronto.
Comprendo tu frustración con el tema del Cabaleiro escrito de mil maneras. Hoy en una cotización usaron Gavallero (para mi esa es nueva!)
Saludos desde Panamá….Ricardo Cabaleiro